miércoles, 10 de noviembre de 2010

Quién esté libre de miedo, que tire la primera piedra






Todos vosotros tenéis miedo, miedo del jefe. Pintada en las calles de Múnich.
A lo único que tenemos que temer es al miedo por sí mismo. Franklin D. Roosevelt, presidente de EEUU de 1933 a 1945.
El miedo es una de las emociones humanas más primarias. El miedo biológico es un mecanismo necesario para la supervivencia de cualquier especie animal. Nos avisa de una amenaza física próxima o del inminente ataque de alguien que nos quiere mal, ya sea un jaguar tropical o un energúmeno de bar. Como el ahora convertido en estrella mediática Carles Punset ponía de relieve en una de sus antiguas Redes, mientras que los niños tienen un temor genético a las serpientes o las arañas, no les inquieta en absoluto el hecho de meter los dedos en un enchufe. Habrá que dejar pasar unos cuantos miles de años para que quizá también tengamos el miedo a las corrientes incrustado en nuestro ADN.

Caminando por las calles de la políticamente correcta Múnich, ciudad que apenas sabe balbucear la palabra grafiti, encontré hace tiempo una pintada que me recordó la venenosa importancia del otro gran tipo de miedo, según la clasificación general de las emociones: el miedo social. Es ésta una clase mucho más peligrosa de temor y con un profundo poder atenazador. Todos vosotros tenéis miedo, miedo de vuestro jefe, decía el lema escrito en la pared del barrio de Haidhausen. Se me quedó bailando en el cortex cerebral, hasta que la reciente ola de manifestaciones contra la reforma neoliberal de las pensiones en Francia me volvió a traer esas palabras a la cabeza. Y es que comparada con la cuasi invisible reacción de la población española frente al decretazo del mercado laboral del Gobierno socialista, pareciera que la ciudadanía francesa tiene mucho menos miedo al jefe que la española.
Porque, ¿quién sería ese jefe en la mente del autor de la pintada? La verdad es que podría adoptar varias formas. Aquel que tiene el poder, aquel en la cúspide de la pirámide jerárquica, bien el jefe de un departamento de una reputada empresa o bien el portero borde de un club de música lamentable, al que siguen aspirando a entrar rechazados impenitentes. La sumisión con los que tienen el poder y la tiranía con los que están por debajo de nosotros es uno de los tics mezquinos que uno tiene que estar constantemente vigilando.
¿Y cuál es ese miedo? Es el miedo a perder el trabajo, a quedarse en una calle que está muy fría, como recuerdan esos jefes demasiado a menudo. Con 24 años se es muy joven y hay que aprender a tragar, recuerda el entorno familiar de la víctima con principio de pánico. Ya se progresará y se cobrará un poquito más, es la agonizante letanía… Con 28 años, por fin llega la hermosa recompensa: quizá un contrato indefinido, quizá una subida de 200 euros, quizá el esponjoso sonido de un cargo que en realidad significa más curro y mayor pleitesía a la autoridad corporativa vigente… Después llega la treintena larga y, claro, aquí ya no se mueve nadie de la foto. Una hipoteca que se extenderá hasta la-jubilación (los muchos), unos hijos (los pocos), una presión social (casi todos) y un atrincheramiento en los beneficios adquiridos como pequeño burgués: pisito-terruño, coche, garaje, super tele LCD, nevera para alimentar a dos familias juntas, mini bodeguita de vino, vídeo-consolas y hasta pizzas a domicilio los días de partido. Del trabajo a la casa, de la tele a la cama y de la casa al trabajo, y tiro porque me toca.
A partir de ahí el miedo se va inoculando sin remedio: el miedo a moverte de la silla antes que el jefe o que tu compañero se vaya, el miedo a disentir de las mayorías, el miedo a militar, el miedo a acercarse a los del comité de empresa que tanto se aprovechan, el miedo a la estridencia en una opinion política, el miedo a no ser nombrado jefe de sección, supervisor, asistente de algo o responsable del carrillo de los helados… El miedo a ergo no ser considerado un triunfador, el miedo a ganar menos que tus amigos, el miedo a que te empiecen a ver viejo, el miedo a los jóvenes que llegan arrogantes al trabajo, reivindicando a los pocos meses el lugar que les corresponde por el derecho natural del darwinismo laboral… El miedo a engordar, el miedo a arrugarse, el miedo a palmar e incluso el miedo a bajarse de este tren habiendo ofendido a ese gran y único Dios.
Los medios de manipulación masivos son el mamporrero principal de esta función del pánico. Azuzan el temor colectivo en aras del manteniemiento del status quo y del control social de la ciudadanía, en alianza desde hace siglos con las grandes religiones monoteístas. Con la adecuada dosis de machacona repetición, los medios mainstream pueden transformar el miedo en pavor (el temor a un peligro irreal) y éste en terror, el miedo en su grado más intenso, según dicta la Academia de la Lengua (la omisión de Real no es gratuita). De hecho, la palabra terror y el vocablo terrorismo se conjugan con una asiduidad enfermiza. Terroristas, insurgentes, radicales por doquier, aviones en peligro, crisis apocalípticas, insostenibilidad del estado del bienestar, envejecimiento de la población, amenaza de las potencias emergentes, invasion de inmigrantes vampiros que nos roban el trabajo y llamamientos a la cordura ciudadana para aceptar las necesarias reformas que garanticen nuestro futuro.
Disertar es mil y una veces más fácil que actuar. Quien suscribe esta entrada no es ajeno a los ataques repentinos de temor, a la cesión demasiado a menudo de pequeñas cuotas de dignidad, a la quizá excesiva reverencia al jefe, a postergar proyectos vitales por el riesgo económico que conllevarían… Quién esté libre de miedo, que tire la primera piedra. No hay más terapia que la revisión continua de uno mismo, la relativización del éxito o el fracaso, la atenuación de la seriedad existencial, el sarcasmo laboral, el idealismo humanista o el ejemplo de unos pocos amigos que no se dejan doblegar y que son razonablemente libres. También vale acordarse de vez en cuando de ese grafiti de Todos vosotros tenéis miedo, miedo de vuestro jefe para mantenerse alerta cual eléctrico Spiderman. El peligro de hoy día no tiene forma de Doctor Octopus, sino más bien de tentáculos invisibles que presionan para que agachemos la cabeza.

4 comentarios:

Claudia Hernández dijo...

Bueno, a pesar del tema, he disfrutrado muchísimo esta entrada. Está bien un poco detenerse y revisar esos miedos...
La cosa es que son el abono ideal para que nos quedemos paralizados ante las "reformas" que es como llaman ahora a la desmejora o a veces pérdida de los beneficios sociales.
Hanbrá que espabilar y perder el miedo.
Muy lúcido, como siempre.

David dijo...

Gran entrada hermano. La gente ya empieza incluso a tener miedo al miedo de pasar mas miedo que el miedo que ya pasan. El empresario grande, mediano o pequeño, huele y mide el miedo de su empleado y sabe que la plusvalía que obtiene crecerá de manera proporcional. Y mientras los generadores del miedo calientan motores para realizar nuevos ataques contra los temblorosos a y aprensivos ciudadanos. Un virus imaginario por aquí, un posible atentado por allá, y bájese los pantalones que es por su seguridad. Toda sociedad que este dispuesta a ceder parte de sus derechos para ganar seguridad, no se merece ni una cosa ni otra, y esta condenada a perder ambas. Me encanto la entrada y como dirían mis admirados Rage against the manchine, WAKE UP!!!

Delikat Essences dijo...

Me ha gustado mucho el tema del post y cómo lo has tratado. Estamos rodeados e imbuidos en miedo, es cierto. Sobre todo, observo muchísimo miedo al fracaso. Esta sociedad en la que nos movemos, ha dibujado una suerte de vida perfecta a lo Barbie&Ken. de color de rosa e inodora, y mucha gente aspira sólo y únicamente a ese ideal prefabricado de Mattel, así que viven con el miedo de no llegar, de fracasar en ese camino absurdo que se han marcado.

Bitte, más artículos así!

Os Bobolongos dijo...

Gracias por los comentarios. Me pincharé Wake Up esta semana en tu honor, David, y Delikat, me gusta eso que dices de la sociedad perfecta que nos han pintado, y del golpetazo que se pega la gente si ve que no llega, atenazados por ese miedo. Prometemos (con los dedos cruzados ;-) una regularidad de entradas un poquito más constante de entradas.