domingo, 21 de marzo de 2010

¡Fígaro soy!



Los elegantes trajes, las corbatas y algunas esporádicas pajaritas, los chals, los bolsos de alfombra roja, los diminutos prismáticos, la elevada media de edad, el cóctel de entre actos, los ojos buscando la opulencia de los palcos, esperando ver a Glenn Close en algunos de ellos, soltando una lágrima… la llamada a butacas que provoca el aumento de la adrenalina, la salida al foso de la orquesta, inmaculada, la batuta dando dos golpes secos a al reposador de la partitura, la obertuta que arranca, la seducción de la música que comienza … Tras dos años y medio desde nuestro aterrizaje en Alemania, finalmente pudimos visitar la ópera de Múnich, la ciudad que, según ciertas guías turísticas, posee el mayor número de teatros y auditorios musicales por metro cuadrado del país, aunque hay que ser siempre escéptico con las aseveraciones que empiezan con la frase: “El/la que más/mayor… “

La ópera en cuestión era El barbero de Sevilla, de Giacomo Rossini, estrenada en 1816 en Roma. Una ópera bufa, eléctrica y divertida, un vodevil de enredos que despierta la carcajada en varios momentos y con una poderosa capacidad para hacer que los talones y nudillos se muevan detrás de la lírica. De hecho, y por cortesía de wikipedia, el autor del folletín en el que se basa la historia de la obra -Pierre-Augustin de Beaumarchais- es el mismo que sirvió a Mozart de base para Las bodas de Fígaro, y por ahí se puede reconocer una indudable conexión entre la irresistible ligereza del genio austriaco y el allegro humorístico del compositor italiano. Ni la falta de voz de algunos de los intérpretes principales, ni la visión ciega de una cuarta parte del escenario ni la regular acústica del lugar -el último recuerdo que teníamos era de escuchar a Wagner en el mágico Teatro Real de Madrid, cuyo sonido es espléndido- nos impidieron disfrutar de una gozada de velada.

No importa el oído-madera que uno cargue, ni la incapacidad para distinguir los matices musicales de una orquesta en vivo, la ópera fue, es y será siempre el vehículo de mayor lucimiento de la música clásica, la música destinada a perdurar por los siglos de los siglos. Ya no hay monarcas o emperadores en el auditorio, los estrenos de nuevas obras han dejado de ser acontecimientos para las élites sociales, las audiencias se ha democratizado -aún no del todo- y los genios dejaron de bajar al foso hace tiempo y ya sólo habitan en los CDs de casa. No importa, la ópera es inmortal. Fígaro acá, Fígaro allá, Fígaro arriba, Fígaro abajo, Fígaro arriba, Fígaro abajo… ¡Fígaro soy!

viernes, 12 de marzo de 2010

Maestro del castellano

Hoy ha fallecido el inmortal Miguel Delibes a los 89 años. Autor de unas 60 obras, entre novelas, libros de viajes y diarios, estuvo presente en mi casa siempre, desde niño. Mi padre fue durante muchos años agente comercial y delegado de Destino en Madrid y Delibes publicó en esta editorial la gran mayoría de sus obras. Cada vez que se editaba o reeditaba alguna, aparecían por casa varios ejemplares de la misma, muchos de ellos dedicados por el autor, que compartíamos y comentábamos. Siendo yo un mocoso y durante la feria del libro de Madrid, en las bulliciosas jornadas de firmas, tuve la oportunidad de saludarle dentro de la caseta, y me sorprendió su cercanía y sencillez. Como es lógico apenas me acuerdo y tampoco le di en ese momento importancia alguna. Mi padre siempre le ha descrito como un hombre serio, humilde y agradecido. En una ocasión tuvo que irse precipitadamente de la feria por compromisos personales, pero al cabo de unas horas volvió únicamente para poder despedirse de los trabajadores de la editorial antes de volver a Valladolid. Hoy nos deja un caballero, un periodista de Castilla, un humanista, un defensor de los humildes y uno de los primeros abogados de la naturaleza frente a los riesgos del progreso. Nos deja el autor del castellano más formal y mejor escrito. Gracias a el, aprendí a leer y a apreciar la magia de la literatura.

"Pero a Daniel, el Mochuelo, le bullían muchas dudas en la cabeza a este respecto. Él creía saber cuanto puede saber un hombre. Leía de corrido, escribía para entenderse y conocía y sabía aplicar las cuatro reglas. Bien mirado, pocas cosas más cabían en un cerebro normalmente desarrollado. No obstante, en la ciudad, los estudios de Bachillerato constaban, según decían, de siete años y, después los estudios superiores, en la Universidad, de otros tantos años, por lo menos. ¿Podría existir algo en el mundo cuyo conocimiento exigiera catorce años de esfuerzo, tres más de los que ahora contaba Daniel? Seguramente, en la ciudad se pierde mucho el tiempo -pensaba el Mochuelo- y, a fin de cuentas, habrá quién, al cabo de catorce años de estudio no acierte a distinguir un rendajo de un jilguero o una boñiga de un cagajón. La vida era así de rara, absurda y caprichosa. "
Fragmento de “El camino” (1950)

domingo, 7 de marzo de 2010

Espe y ¡Olé!

Durante los últimos meses estamos asistiendo de nuevo al debate de “la fiesta nacional”. Se han añadido nuevos agentes de los que gustan por estos lares. Aquí gustamos de mezclar las cosas hasta que se convierten en un amasijo de argumentos y estupideces irreconocible. El parlamento catalán, inicio esta semana una ronda de comparecencias a raíz de la tramitación de una iniciativa legislativa popular para prohibir las corridas de toros. Los promotores de esta ILP (la Plataforma Prou), con el apoyo de 180.000 firmas (130.000 más de las necesarias), presentaron una proposición de ley de modificación del artículo 6 del texto refundido de la ley de protección de los animales, aprobado por Decreto Legislativo 2 / 2008 , del 15 de abril, en que se pide que queden prohibidas "las corridas de toros y los espectáculos con toros que incluyan la muerte del animal y la aplicación de las 'suertes' de la pica, las banderillas y el stock ", y también " los espectáculos taurinos de cualquier modalidad que se celebren en las plazas de toros o fuera ", salvo las fiestas con toros sin muerte del animal (encierros) que se hagan en localidades donde tradicionalmente se celebran. Contó con la intervención de una treintena de personalidades a favor y en contra de la fiesta. Es decir, hablamos de un debate, un enfrentamiento de ideas y argumentos. Hablamos de avanzar democráticamente dentro del ámbito legal. Pues bien, parece que hay una parte del estado que lo ha visto como un ataque a lo más sagrado y que se ha puesto manos a la obra para contraatacar. O en este caso creo que seria mas apropiado decir para atacar sin que exista una amenaza previa. Esperanza Aguirre, la lideresa por “autonomasia”, se ha lanzado a declarar los toros ‘Bien de Interés Cultural’ en pleno debate sobre su abolición en Cataluña. De esta manera consigue por un lado politizar el tema, y por otro lado aparecer capote en mano y marcando paquete, en multitud de portadas de la prensa nacional. Las sandeces que se han podido leer sobre el tema son tremendas: "No hay más que ver que desde Goya, Picasso, García Lorca, y fuera de nuestra cultura, Hemingway y Orson Wells. Todos ellos se han ocupado de los toros como arte porque es un bien cultural a proteger", declaro la jefa del Ejecutivo madrileño. Claro, de ahí que hagamos fusilamientos y que bombardeemos Guernica varias veces al año. Para demagogo, yo. Espido Freire, una de las comparecientes en el bando abolicionista, acertó afirmando que Hemingway hablo de los toros y de su carácter cultural pero lo hizo destacando que España era un país exótico y primitivo que aprobaba la violencia. Ahora esta afirmación resultaría una ofensa.

El PP ha encontrado un filón, el componente identitario, Madrid (España) versus Cataluña. Es el lloriqueo nacionalista español. Pero este no es un debate catalán-español. Ni siquiera es entre taurinos y no taurinos, si no entre taurinos y abolicionistas. Es un debate lógico y universal que se produce en todos los países donde persiste este maltrato animal a principios del siglo XXI. Los taurinos hablan de atentado contra la libertad y precisamente lo que esta ocurriendo es el reflejo de todo lo contrario, en una iniciativa popular que progresa en una cámara de representantes. Algo que diferencia a unos y a otros es que la cámara catalana lleva varios meses debatiendo sobre la posible prohibición (como decíamos con invitados a favor y en contra de las corridas). En Madrid Esperanza Aguirre aprovecha de forma patética y populista la coyuntura y decide unilateralmente que las corridas de toros son un bien de interés cultural por decreto.

Los medios afines a los populares se han puesto manos a la obra. Como El Mundo, que colocaba el tema en portada: “Se ataca la Fiesta porque la consideran española y al final se trata de un asunto meramente político. El toro es una excusa”. En la Gaceta, periódico de reciente aparición perteneciente al grupo ultra conservador Intereconomía, encontrábamos un beligerante titular “Aguirre reta a Cataluña”. El director de este panfleto, Carlos Davila, se desmelenaba (no literalmente) con estas palabras tan asépticas: “Los Aguirre tuvieron siempre cuatro características: han sido unos patriotas (con dos cojones), han sido unos liberales, han sido excelentes personas y han sido taurinos. Con las cuatro me he quedado. Lo que ha hecho Esperanza, presidenta de Madrid, está en consonancia con las cuatro propiedades. Contra tanto bobo de la bobería, contra tanto antiespañol, Espe se ha pronunciado. ¡Olé!”. Algo que resulta chocante dentro de esta defensa patria es que en la comunidad canaria las fiestas taurinas quedaron abolidas (con el apoyo del PP) hace más de 18 años y allí no surgió ningún talibán españolista gritando a lomos de un Victorino Martín. El matiz identitario no apareció. Esta claro que los canarios son unos rompepatrias del carajo.

Los argumentos de los taurinos son siempre los mismos. Se habla de tradición, de cultura, de arte. Tradiciones las hay loables y abominables en todas las culturas. El hecho de que algunos artistas representaran las corridas de toros no convierte lo taurino en arte. Los artistas representan lo que ven, y no todo lo que ven es arte. Además, abrazar el termino arte como si fuera un argumento sólido para la conservación de una barbarie es un sin sentido. Para Dexter o para el estrangulador de Boston lo suyo es arte, la preparación del lugar, tener listos los utensilios de tortura, realizar laceraciones precisas. Técnicamente entra en la definición de arte y no creo que nadie pretenda vender entradas para una exposición retrospectiva: vísceras diseccionadas, el periodo gris de Jack el destripador. Para mi no puede haber arte en algo que supone sufrimiento, sangre, tortura y muerte. Hubo y hay salvajadas en muchas partes, y allá donde se dan se les llama tradición o bien cultural. No puede existir la estética sin ética.

Otros argumentos que resultan hipócritas, a la par que divertidos, son los que hacen referencia al cuidado del animal y a su conservación. Afirman que sin la existencia de la fiesta, el toro bravo no existiría. Es decir, que solo han de permanecer los animales que aporten algún beneficio. ¿Para que demonios queremos que se perpetúe el lince ibérico si no lo vamos a lincear? Utilizan términos como conservación y extinción, ¡resulta que son ecologistas! También atacan tildando a los abolicionistas de hipócritas por el consumo de carne. A mi me encanta la carne y la ingiero con mucho gusto. Obviamente un cerdo ha de morir para que yo me alimente, pero no se hace un espectáculo publico alrededor. Además se tiene la obligación, y así se hace en la mayoría de los países civilizados, de reducir al máximo el sufrimiento de estos animales, cosa que en la lidia no sucede. Algunos esgrimen que el arte esta en la lucha de igual a igual que se produce sobre el albero. En una corrida el toro no tiene ninguna posibilidad de salvar su vida. Según la revista "El Ruedo" mueren más toreros en accidentes de tráfico que en las plazas de toros. Y que quede claro que obviamente, no deseo la muerte de ninguno de ellos. Ni de los unos ni de los otros. También se defienden hablando del indulto. Apenas se indultan toros, y los que lo consiguen, solo tienen un 20% de posibilidades de sobrevivir a causa de la propagación de infecciones en las heridas recibidas. Los animales que no mueren se tornan solitarios y temerosos de los humanos.

Pero lo más indignante que yo he leído con respecto al tema, es que el toro, por su condición de animal bravo y noble, no sufre. Y este es el tema que nos ocupa, hablamos del dolor y de la agonía de un ser vivo. Existe un iluminado veterinario, el Dr. Juan Carlos Illera, que realizo hace un par de años un controvertido estudio sobre la lidia del toro. Llega a afirmar, entre muchas otras barbaridades, que el toro de lidia gracias a una hormona, La betaendorfina, “bloquea los receptores del dolor hasta que llega un momento en que dolor y placer se equiparan y el sufrimiento puede llegar a ser casi nulo”. Vamos que el toro lo pasa yupi durante su tortura y ejecución. La doctora en medicina Susana Muñoz Laza, le responde en otro articulo del que elimino los farragosos términos científicos y me quedo con parte de su conclusión, llena de logica: “la naturaleza no les puede haber dotado de un mecanismo especial de control de dolor para que algunos seres sin alma disfruten viendo como se los tortura. Por tanto, no puede tener un mecanismo de control de dolor diferente a otros bóvidos. Y desde luego, serí­a increí­ble que la naturaleza, siempre tan sabia, cree primero un mecanismo, el dolor, para protección de los seres vivos y permitirles la huí­da, y luego, cuando el dolor aparece, cree otro que lo anule completamente y así­ el animal no huya, se quede junto a la fuente del dolor, y sea destrozado por el peligro "sintiendo un inmenso placer".

Vamos a dar algunas cifras: en 2008 se destinaron casi 600 millones de euros a la subvención del sector taurino. De estos, 20 millones de euros fueron aportados por el Parlamento Europeo. Estos fondos facilitan la celebración de corridas, encierros, la creación de escuelas taurinas y la realización de otras manifestaciones que ensalzan el maltrato y la muerte de más de 18.000 toros cada año en nuestro país. Una encuesta de opinión de la empresa Gallup apunta que el 68.8% de los españoles afirman no tener ningún interés por estos festejos. El 83% de los menores de 24 años de edad rechazan las corridas. Le siguen los de edades comprendidas entre los 25-34 años, con un 77% de opositores; de 35-44 años, 72%; de 45-54 años, 71%; Los favorables a la tortura del toro son los individuos de 55-64 años, con un 44% a favor; Por último, las personas mayores de 65 años son las más, con un 51% de apoyos. Esta bastante claro cual es el futuro de esta abominable y vergonzosa tradición. Es cuestión de tiempo y reciclaje generacional. Esta tradición solo se mantiene por los intereses económicos y el apoyo de las elites.

La sociedad tiene como un bien el respeto a la vida, y entre ella a la vida animal, lo que se refleja en leyes en contra de los malos tratos a animales. La contradicción surge cuando los legisladores se enfrentan a las fiestas tradicionales. En España la ley de protección de los animales de 1992 recoge en el punto 1 la actividad desarrollada en la corrida de toros y la refleja como delito sin mencionarla expresamente, y en el punto 2 la excluye de cualquier carga penal. Un juez condenara a quien abandone a un perro, pero no a quienes, marean, hieren, desangran y matan a un toro únicamente por diversión. Muchos aficionados taurinos volverán a decirme que esto no es diversión a secas, es pasión, arte, tradición, plasticidad. Me aseguraran que defiendo el fin de las corridas por desconocer lo profundo y especial de la fiesta. Entiendo que ellos lo vean como algo grande y único, y que les aporte maravillosas satisfacciones. Pero el fin no justifica los medios. No debemos, no podemos, admitir que se realicen espectáculos basados en el sufrimiento y muerte de un ser vivo. ¡Abolición ya!

martes, 16 de febrero de 2010

'Tiburón' cumple 40 años… y aún da mucho miedo


Ahora que Avatar ha (supuestamente) revolucionado el cine y (efectivamente) batido todos los récords de taquilla, Os Bobolongos rinde su pequeño homenaje al filme que inauguró el concepto de blockbuster, la electrizante Tiburón (1975), de la que se cumple el XL aniversario de estreno. En este filme coinciden varias características que han hecho de la película todo un referente. Es el despegue fulgurante de Spielberg como director global más conocido y su certificación como maestro del entretenimiento. Una obra en la que dejó lo mejor de su talento, enflaquecido en algunas obras posteriores por un sentimentalismo resbaladizo.

Como se apuntaba, se puede decir que Tiburón inauguró el concepto de blockbuster veraniego. Hasta ese momento, los estudios no solían apostar por estrenar sus grandes bazas en esta época del año, hasta que llegó Spielberg e hizo trizas una de las normas no escritas de Hollywood. La película se convirtió en el primer filme de la historia en alcanzar la mágica cifra de recaudación en el mercado estadounidense de 100 millones de dólares. En total, 470 millones de dólares, récord absoluto hasta que, dos años después, aterrizó La guerra de las galaxias.

La estrategia de publicidad que acompañó al filme fue también pionera en muchos sentidos: se lanzó una agresiva campaña publicitaria en la televisión (“Este verano… No te metas en el agua”), se inauguró el concepto de merchandising (con juguetes, barquitas para niños, camisetas, etcétera) y el filme se estrenó en más de quinientos cines en EEUU, algo inaudito en los setenta (hoy día, un gran estreno ya roza la barrera de las 4.000 salas). La imagen de un gigantesco tiburón acechando a una chica nadando –la escena inicial– se convirtió en el icono que lanzó a la película, y uno de los carteles más reconocibles de todos los tiempos. Un póster de resonancias freudianas, con la cabeza del tiburón posicionada en vertical, en una posición fálica, con unas fauces negras llenas de dientes voraces.

Paralelamente, los creativos de la Warner inundaron los medios con frases de los amenazadoras: “Nunca volverás a zambullirte en el agua”, “Cuando la playas abran este verano... ¡serás tomado por Tiburón!”, “¿Te gusta pescar? A él le gustas tú también”, y la más famosa de todas: “No te metas en el agua”. Para autores como Peter Biskind, escritor del desmitificador best-seller Moteros tranquilos, toros salvajes, Spielberg y Lucas son responsables del inicio de la obsesión de los estudios con el público adolescente. Pero, siendo justos, ¿se puede culpar a Spielberg de haber hecho una obra maestra?

La película, que se llevó tres Oscar (montaje, sonido y banda sonora), trascendió las salas de cine para convertirse en fenómeno sociológico, y llevó a toda una corriente de thrillers acuáticos, algunos magníficas (Pirañas), la mayoría infumables (Tintorera, Orca, las secuelas de Tiburón, etcétera). La gente se bañó menos aquel verano en las playas de todo el mundo y el tiburón jamás se quitaría de encima la leyenda negra de “asesino de hombres”, hasta el punto que Peter Benchley, autor de la novela, declaró que se arrepentía dela mala publicidad que causado hacia los escualos.

Pero, aparte de las apabullantes cifras económicas, Tiburón es con derecho propio una de la mejores películas de suspense de la historia del cine. Y aquí hay que recurrir a la vieja máxima del muñidor del suspense por excelencia, el singular Alfred Hitchkock: “Si el espectador asiste a la explosión de una bomba en una mesa donde charlan dos hombres, eso es una sorpresa. Si, en su lugar, observa la cuenta atrás de una bomba debajo de la misma mesa, eso es suspense”. Contaba Spielberg en una entrevista años después que, durante el estreno de la película, él esperaba nervioso en el lobby del cine. De repente, una persona salió corriendo de la sala, cayó arrodillada ante sus pies y se puso a vomitar. Spielberg pensó: "La hice demasiado violenta, que voy a hacer". Pero luego la persona se levantó, se fue al baño y volvió a la sala. Entonces, el director se dijo así mismo: "Es un éxito”.

Decálogo de cómo rodar la acción

“Violenta, cruda, asquerosa. No había nada en esta película que me fuese personal. Fue una obra calculada al detalle. Hice cada toma con regocijo, sabiendo perfectamente el efecto que causaría en el público”. Aunque haya recocido que, de haber podido, hubiese mostrado al tiburón antes y durante más tiempo en la narración, Spielberg transformó el hándicap de un tiburón mecánico que se hundía en el agua en uno de los mayores aciertos de la película: el anonimato visual del escualo hasta el tramo final de la historia. Ocultando al monstruo del público, la película construye el suspenso hasta su máximo nivel. Otros directores han utilizado esta técnica de “menos es más” para otras cintas de monstruos (Hulk, Ang Lee), pero nadie ha empleado la técnica de una forma tan brillante como Spielberg. No vemos al tiburón sino el resultado de lo que hace. La vieja máxima de Hitchcock y la bomba.

El pulso narrativo de Spielberg durante toda la historia es fabuloso. Nadie ha olvidado la adictiva alternancia de planos de la víctima por encima de la superficie, en la inmensidad del mar, y planos subjetivos del tiburón bajo el agua, acechando el cuerpo en la distancia, con la angustia de las piernas de la chica batiendo… O la apuesta por atemorizantes planos largos (no muy popular en el Hollywood de la época), que ayudan a resaltar el aislamiento de las víctimas en la inmensidad del mar, y dotan al tiburón de poderes de caza casi absolutos y sobrenaturales.

Y a la espléndida dirección hay que sumar dos colaboraciones de lujo. Primero, la de la montadora Verna Fields, ya había trabajado con George Lucas en American Grafitti y se despidió del cine con Tiburón, contribuyendo decisivamente a lograr la tensión que respira cada fotograma del filme. Y segundo, la majestuosa banda sonora de John Williams. Sin embargo, el compositor era reacio en un principio a aceptar el reto, una vez que vio la maravilla que había filmado su amigo. “Dios mío Steven, necesitas a un compositor mejor que yo”, le comentó. “Sí, lo sé”, respondió Steven, “pero están todos muertos”. Lo cierto es que esas notas punzantes de cello y bajo que acompañan al Gran Blanco cada vez que sale en escena son el ADN de la obra, tanto como los violines rasgados de Bernard Hermann en Psicosis. Así se creó una atmósfera de terror primario que nunca se detiene, y en la que la acción avanza como una trituradora de alimentos.

Ya sólo el arranque de la película anuncia la pirotecnia de talento que se nos viene encima. Un travelling mientras una rubia corre por la playa hacia el agua… Spielberg juega durante toda la película a elevar la tensión. Amaga pero no da, y cuando finalmente lo hace, el uppercut hunde de miedo al espectador en la butaca. Por ejemplo, en la escena en la que el niño muere, Steven utiliza muchos “anzuelos”: el tiburón observa amenazador bajo el agua a varias posibles víctimas, mientras Brody (Roy Scheider) mira nervioso y sofocado al mar, convencido de que algo malo va a pasar. Como el personaje, el público está preparado para el horror, pero no sabe cúando ni de qué forma. Y el director utiliza similares tácticas para cada una de las apariciones del tiburón, incluyendo los numerosos falsos ataques a la barcaza de Quint en los últimos 45 minutos.

Spielberg combina un amplio abanico de aproximaciones cuando introduce los ataques. A veces el tiburón se presenta casi como una fuerza elemental de la naturaleza (escena inicial), mientras que en otras opta por un dibujo más realista (la muerte de Alex Kintner). También echa mano del humor (cuando los dos cazadores de recompensas están a punto de ser devorados en el embarcadero). Lo cierto es que cada escena donde aparece la amenaza del Gran Blanco es diferente, y el mismo animal es presentado de formas distintas: planos del tiburón en sí, punto de vista subjetivos del propio escualo, el movimiento a través de los barrilles amarillos, un tubo interior y un trozo de embarcadero destrozándose…

“Jamás volveré a rodar en el agua”

Dicho y hecho. Steven Spielberg lo pasó tan mal durante el rodaje –en Martha's Vineyard, Massachussetts, apacible lugar de descanso de presidentes estadounidenses– que se prometió así mismo navegar en aguas más tranquilas, extraterrestres amables y arqueólogos encantadores mediante. El filme estuvo a punto de convertirse en el Waterworld (Kevin Costner) de los setenta. La filmación se retrasó varias semanas y el presupuesto se fue por encima de los 12 millones de dólares, por lo que el estudio pensó que habían producido un “desastre de película de serie B”.

Hoy día, con la tecnología en un desarrollo imparable, recrear el tiburón asesino no supondría ningún problema, pero entonces, allá por 1974, cuando los equipos de efectos especiales trabajaban con maquetas y animatronics elementales, construir un tiburón de ocho metros supuso una tarea titánica. El primer escualo se hundió en el fondo del mar y nada pudo ser filmado. Una vez que lo reflotaron sólo podían rodar plano a plano, lo que, una vez más, se conviertió en una virtud en la sala de montaje. Al final se utilizaron tres, y Spielberg bautizó a uno de ellos como Bruce, en honor a su abogado. Sin duda, donde más “canta” la mecanicidad del tiburón es en la escena que se come a Quint.

Además, la barcaza Orca también naufragó y el genial director tuvo que lidiar con un conato de amotinamiento en el set de rodaje. Fotogramas de un tiburón real también fueron usados en la escena en la que ataca a Hooper dentro de la jaula submarina, ya que uno real metió su nariz en la caja cuando se filmaba. Incluso, sobrepasados todos los tiempos de producción, Spielberg rodó una escena en la piscina de la montadora para poder completarla como lo había planeado en un principio.

Alma y sentido

Para conseguir un terror más real, Spielberg eligió un escenario muy habitual, el pueblo de una zona costera californiana, y un animal también muy real. Pero en realidad, Tiburón, más que centrarse en la historia de un monstruo marino, lo hace en el jaleo que se monta en Amity, sobre todo, bucea en la forma en que los distintos personajes se ven obligados a actuar. Al poner el énfasis en los personajes más que en el escualo, Spielberg consiguió un trabajo cinematográfico que mantiene intacta su vigencia y su poder de fascinación. Las personas domina la narración, y ahí está el ejemplo de la escena copiada hasta la saciedad donde Quint y Hooper comparan sus heridas de guerra, que luego da paso a un monólogo fabuloso de Quint acerca de USS Indianápolis. Una parte reescrita en el guión por el actor Robert Shaw, que, curiosamente, y aún de forma exagerada, se basa en un hecho real: cómo los tiburones devoraron a decenas de soldados estadounidenses en el Pacífico, al naufragar una embarcación durante la II Guerra Mundial.

Otro aspecto remarcable es el riesgo que toma Spielberg. A mediados de los setenta, con tan sólo dos películas a la espalda –El diablo sobre ruedas y Loca evasión–, el rey Midas de Hollywood todavía estaba dispuesto a tomar riesgos, haciendo una película en la que un niño muere ensangrentado por los mordiscos de un furioso tiburón. El instinto narrativo del director californiano tampoco olvidó la importancia del humor negro para desengrasar, a lo largo de toda la historia. Momentos espléndidos, como cuando Hooper está echando pescado muerto al mar, se gira un instante hacia el interior de la barcaza, y cuando devuelve la vista al mar se encuentra la gigantesca fauce del tiburón a un metro de distancia. En shock, retrocede lentamente y le dice a Quint: “Vas a necesitar un bote más grande”.

Al estado de gracia general contribuyeron los tres actores principales. Roy Scheider (Charlton Heston fue considerado para el papel) despacha una notable interpretación como el pusilánime jefe de policía de Amity. No es un protagonista típico. Tiene dudas, es negligente y por su culpa muere un niño. Pero sabe recuperarse para ganar otra vez la empatía del público. Richard Dreyfuss (se barajó el nombre de Jeff Bridges), aún sin la sobreactuación que le acompañaría en su carrera después, borda su papel de experto oceanógrafo, con su afilado sentido del humor. Y, quizá por encima de ambos, un Robert Shaw (Lee Marvin y Sterling Hayden sonaron como posibilidades) inconmensurable como el hosco capitán irlandés, obsesionado con dar muerte al gran blanco a bordo de su barcaza Orca, el único animal capaz de derrotarle en el mar. La influencia aquí de la obsesión del capitán Ahab de Moby Dick es clarísima.

Así se gestó la obra maestra

Los productores David Brown y Richard D. Zanuck se leyeron el libro en una noche y decidieron hacer la película sin preguntarse si la tecnología hacía posible llevarla a cabo. Al principio, Zanuck tenía la idea de realizar esta cinta para la televisión, pero gracias a la calidad lograda por Spielberg se estrenó en casi 500 salas de EEUU. El guión, la mayoría escrito por Carl Gottlieb y un Spielberg de 27 años, está basado en la novela de Peter Benchley, en la que narra como un tiburón blanco (Carcharodon carcharias) aterroriza a la pequeña ciudad costera de Nueva Inglaterra: Amitys. A su vez, la historia toma referencias de un suceso real que ocurrió en el verano de 1916 en Nueva Jersey, donde, supuestamente, uno o varios tiburones atacaron a cinco personas (cuatro murieron) en el transcurso de dos semanas, aunque todavía se desconoce si fue obra de un tiburón blanco o de un tiburón toro (mas común en aguas dulces).

En cualquier caso, tanto la novela de Benchley como la película se apoyan en varias fuentes, como señalaron en su día los productores: Moby Dick (Herman Neville, 1851), el clásico teatral Un enemigo del pueblo (Ibsen, 1882), documentales de la época (Blue Water, White Death, de Peter Gimbel) y otro libro contemporáneo al filme (Blue Meridian: the search for the Great White Shark, de Peter Matthiessen). Y, cinematográficamente hablando, Spielberg no ha dudado en señalar la influencia de joyas de la serie B de los cincuenta como La criatura del lago negro (1954) o The monster that challenged the world (1957).